De los sueños que no se abandonan


La vida de los cocineros es bastante versátil. Sobretodo las de aquellos que, teniendo un pequeñito negocio simplemente bordeamos la gastronomía, con la tan sola recompensa de recibir elogios de comensales. Yo, como muchos comencé a cocinar por carambola, más que por necesidad. Aconteció que mi mamá atendía una llamada que se alargó más de lo esperado y con señas me pidió que continuara en lo que hacia, picar carne para guisar. Así descubrí mi potencial… Descubrí ese gusto, hasta ese momento escondido pero latente.

En casa mi Mami es la reina de la cocina. Ese oficio lo disfruta muchísimo, pero la cena la dejaba a nuestra cuenta y riesgo porque nadie me diría que atender cinco muchachos, un marido y un trabajo no te deja “out of service” a partir de las seis de la tarde.

Por eso, comencé por hacer sandwiches y bocaditos muy creativos y gustosos. Tanto que mi hermana mayor, paladar viajado, culto y exigente me dijo alguna vez “Deberías dedicarte a esto… Deberías poner un restaurante”.

Así, un día de ocio nos pusimos las dos a imaginar como sería, usando términos operisticos y musicales para los estilos de café; intermezzo se llamaban las meriendas, por ejemplo y así sucesivamente.Nació entonces en mi mente CoNtRaLtO, un cafetín que funcionó durante algo más de dos años en la Escuela de Música donde me formé como mandolinista. El conservatorio “Pedro Nolasco Colón” en Caracas.

Por talleres que he estudiado, además de muchísimo material didáctico que aprendí para impartir cursos de creatividad sé que los sueños son primero que nada ideas y sin ellas nada puede ser realidad.

El refranero popular siempre dice “del dicho al hecho hay mucho trecho”, pero ¿Es realmente lejos la cosa? Bueno, si me preguntan a mi diría, todo depende.

Un día, en plena preparación de los almuerzos y la comida que ofreceria en la tarde en el cafetín recibí un simpático mensaje de texto de mi Maestra de mandolina Yolanda Aranguren, una de las mejores instrumentistas de ensamble que se haya conocido jamás en la música venezolana. Decía algo así como :

“El Maestro Orlando -se refería al director de la Estudiantina Universitaria pregunta que sí quisieras pertenecer a un humilde grupito de músicos que tiene ya 50 años”.

Por la longitud del mensaje, lo recibí  en dos partes y por mi afán en terminar la comida y llegar a tiempo como que no capté el trasfondo de tan singular invitación.

De toda mi vida estudiantil universitaria era el primer chicharrón en esos conciertos en la preciosa y monumental Aula Magna y tal admiración me llevó a contactar a Yolanda, quién es instructora de mandolina de la Estudiantina desde hace casi dos décadas.

Una invitación así no debería sorprender a nadie, puesto que yo, a estas alturas y hecha la loca tengo casi 18 años como mandolinista aprendiz. Claro está, he tenido ciertos perìodos de abandono, pero ese delicado y gentil instrumento de origen italiano, termina saliéndose con la suya y no me ha soltado en algún tiempo.

Para ser más honesta, gracias al cielo que aquel día estaba bien atareada… De llegarme ese mensaje sentada en un sofá o tomando té, ni siquiera me llego a imaginar una reacción decente o coherente.

Y es que así despierta uno a una realidad bonita… A un sueño que tenia en mi mente diecinueve años.

¡A soñar! Pero eso sí, a Dios rogando y con el mazo dando.

misiashe thais y jazmin
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