La fiebre de la pelota


A Milagros Socorro Morales
 y Mireya Villalobos

Creo que decir que soy fanática de algún deporte, tan siquiera del basquetball o baloncesto, que en mi juventud pratiqué dizque para ganar tamaño, es una tremenda exageración. Lo que si gozo, disfruto y sigo son las chanzas, “chalequeos” y bromas que suelen gastarse los que realmente siguen a los deportes de cerca. Fútbol, sólo veo en un mundial (La Copa FIFA), y nunca los juegos completos. La Fórmula Uno ni la comprendo, tampoco el Golf. El Tennis solo lo disfruto cuando lo solía ver con mi hermana mayor y de la “pelota” -como le decimos coloquialmente al deporte de origen americano, baseball- muchísimo menos. No obstante, si sé que soy Magallanera.

¿Cómo ocurrió eso en mi vida? Fue bastante simple. En la época en que comenzaron a explicarme de qué se trataba este juego, este equipo atravesaba su etapa de oro, recordada y añorada por los fanáticos de todos los tiempos. Y yo, de origen “oriental” (quiere decir, de la parte este de Venezuela, donde predomina la costa, hacia el este) donde hay muchísimos seguidores del equipo los Navegantes del Magallanes, simplemente me dejé llevar y desde entonces los sigo… Pero sólo para tener una preferencia al que pregunte y para participar en lo que me encanta… Esos tres o cuatro meses en que familia, amigos, compañeros de trabajo tienen algo más para distraerse que las malas noticias de nuestros periódicos todos los días:
– Oye… ¿Y ayer te metieron nueve arepas no?
– ¿En qué posición amaneció tu equipucho hoy? ¡Voltea la tabla de clasificación, para que te veas de primero!
– Hoy en el Universitario… ¡Los eternos rivales!

Y pare usted de contar en expresiones y un argot inacabable y dinámico, en el que más de una vez he tenido que seguir la corriente con cara de sobrada, para después averiguar a solas lo que se quiso decir.

El detalle de un verdadero fanático, es que tiene que estar con su equipo como expresan los votos nupciales: En las “buenas” y en las “malas”. No importa si están jugando tan mal que parecen la liga infantil; mucho mejor si son imbatibles y llevan una larga racha de partidos ganados. Pase lo que pase estar al pie del cañón. Y eso es precisamente lo malo de vivir en Caracas. En mi caso, en una seria desventaja porque como es de suponerse,  la gran mayoría de los habitantes de esta ciudad, sigue a su equipo “de casa” y de origen. Por eso un día me escondí.

En la universidad en que estudié donde de paso queda el estadio que usan como sede los melenudos -rivales acérrimos de los Navegantes- en alguna temporada habíamos tenido un pésimo juego padeciéndolos de principio a fin. Yo dije… Si me quedo en un rincón hasta que pase la Profesora que es bien seria, y luego me meto a clase, no les daré la menor oportunidad de burla. Y así lo hice, pero no triunfé. En efecto y al pasar la elegante Profesora Mireya con su lindo maletín de cuero, después de sacar la carpeta para tomar personalmente la asistencia dijo: “Por cierto muchachos, ¡Mi sentido pésame a los magallaneros de esta clase!”  Todos en estado de tensión voltearon a verme y estallaron las decenas de carcajadas.

Pero la más importante revelación de la casa es mi mamá, también ahora Magallanera. Ya jubilada y dedicada al hogar un buen día se sentó con mis hermanos -que si son seguidores de equipos y fanáticos de postín- a que le explicaran que sucedía en ese curioso juego donde se lanzaba la pelota que otro debía golpear con un palo, para de nuevo volverse a dejar atrapar y lanzar. Tras un par de horas, entendía la lógica y preguntaba por jugadas. Y luego de semanas pedía información de los deportistas venezolanos contratados en “Ligas Mayores” por tal o cual equipo. Hoy día se desvela viendo juegos y celebra con bastante alharaca las mejores hazañas de nuestros compatriotas.

Me sucedió que un día ya había terminado de trabajar y estaba viajando de regreso a casa en el metro, el subterráneo caraqueño. Como 5 estaciones antes de llegar a mi destino recibí  un mensaje por el celular de mi mami. Me decía: “¡Hija que alegría! A JS le dieron el CY”. Se me hizo rapidísimo el arribo a mi estación final, pues no podía dejar de pensar a que rayos se refería mi madre; en verdad salí ponchada con tal comentario. Ya caminando a casa, vino la iluminación: ¡Ah! Habla de Johan Santana y el importantísimo galardón, el Cy Young… ¡Que cosas tiene mamá!

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