Instruir, formar o deformar


A mi Padre primer gran Maestro,  y a otros tantos

Varias veces y bajo enfoques distintos he mencionado en mis escritos que soy una mujer con suerte.  Hay miles de anécdotas y evidencias hasta el punto de preguntarle a mi mami si nací enmantillada que llaman (como se le dice a los niños que salen afuera del vientre de sus mamás con “saquito” y todo).

Una de las cosas que tiene que ver con esa fortuna es la gente que he conocido.  Algunos personalidades muy famosas,  pero más héroes anónimos que marcaron mi vida de manera profunda y con tinta indeleble. Entre estos últimos están mis Maestros.
Mi experiencia docente es poca,  de apenas cuatro años (O mejor dicho semestres)  en los cuales albergué la ilusión de estar devolviendo a la institución que me formó en un minúsculo aporte,  lo que me había llenado para con mi profesión.  Muy temprano te das cuenta que aprende el que así lo desea y como todo proceso de transformación depende de un sinnúmero de factores,  que si dominas un par de ellos eres sencillamente brillante
Lo describiría hoy como un reto y súper delicado en el caso de los que instruyen a nuestros pequeños niños,  quienes son auténticas esponjas con muy poco criterio de resolver y seleccionar toda la información que les llega. 
Auténtica lotería para los que tratan adolescentes,  quienes adolecen de filtros y son espíritus desafiantes,  rebeldes e indomables que sacan de sus casillas al más paciente…  Sin poder tocarles ni un pelo por una Ley que por salvaguardar los derechos de los menores ignora o restringe el mismo derecho de aquel que intente encaminarles. En estas condiciones no hay igualdad ni equilibrio.
Sin embargo, cada vez más conscientes de la responsabilidad que se tiene, hay muchas razones para aplaudir a aquellas personas que en nuestros días se dedican a dar clases. Uno, porque los tiempos no son para nada iguales a nuestra época; dos, porque esos jóvenes vienen resabiaos y parecieran tener una respuesta y solución para todo y tres, porque nunca como en nuestros días es tan necesario que la vocación te lleve a ejercer un trabajo tan duro, mal pagado y en ocasiones escasamente reconocido e ingrato.
A esta reflexión me llevó un extraordinario docente, cordial y sabio amigo que mi fortuna me hizo reencontrar: “Esta no es precisamente una profesión para hacer plata -me comentó enfático-. El que no la disfruta, puede agarrar sus cosas y dedicarse a otro oficio, para evitar al menos deformar al alumno tal vez hasta sin querer”. ¡Que profundidad y certeza la de sus palabras!

Por eso es que los padres debemos estar cada vez más entusiastamente involucrados en la formación hacia la vida y los valores de nuestros niños.  Si tienen un desempeño académico normal,  tendrán conocimientos y manejo de información.  Si es sobre el promedio – como tuve la suerte- se conseguirán en el camino a Maestros maravillosos que darán mejor forma a lo que les damos en casa. Y finalmente los no pedagogos que se topen pasarán sin pena ni gloria,  ocupándonos celosamente de que no estropeen nuestro gran trabajo y responsabilidad

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